El palacio azul de los ingenieros belgas. Fulgencio Argüelles.

Cada vez que recortaba un seto o podaba un rosal pensaba si no estaría hiriendo la naturaleza, pero me alejaba tres pasos y al contemplar tanta belleza concluía que no podía haber nada malo en aquella idea mía de crear nuevas circunstancias de belleza a partir de la belleza misma.[…] Y entonces pensaba que bien pudiera ser que la belleza estuviera en aquello que no servía para nada, […] quizá porque esa utilidad expresaba una necesidad y las del hombre andaban alejadas de la belleza, algunas incluso parecían innobles y grotescas, por eso yo me consideraba un ser privilegiado porque trabajaba en asuntos relativos a la belleza y además lo hacía al lado de un hombre sabio.

 

Empecemos por definir este libro y utilicemos, simple y llanamente, una palabra. Es exquisito. La RAE define este término, exquisito, como un adjetivo, de singular y extraordinaria calidad, primor o gusto en su especie. Y Don Fulgencio debe ser, igualmente, exquisito en su especie.

En la Asturias de los años 20, Nalo, un joven de 19 años, entra a trabajar como aprendiz de jardinero en el Palacio azul de los ingenieros belgas de su pueblo (palacio real, de Figaredo en Mieres). De la mano de Nalo se irán desarrollando diferentes acontecimientos, propios de la época y la geografía y propios del individuo. Conoceremos cómo fueron los años de la dictadura de Primo de Rivera, los años de la II República, cómo fue la Rebelión asturiana de los años 30, la revolución industrial que afectaría tanto a la producción y, en definitiva, el modus vivendi de patronos y proletarios.

Eso está muy bien.

 

Pero mejor están las otras enseñanzas de Nalo sobre la vida. Veremos su desarrollo, pasando de la adolescencia a la juventud, sus amores, sus amistades, todo él. Aprenderemos de Nalo y de su hermana Lucía, y su amigo Eneka, y su primo Alipio y su abuelo Cosme, y su abuela Angustias, etc, etc. Podemos encontrar información sobre la Belleza, los Dioses, la Primavera, el Sexo, el Dinero o el Poder. Y lo ponemos así, con mayúsculas porque he podido recoger en las páginas de éste volumen, pensamientos sobre estos conceptos, el análisis sobre qué es la Belleza o dónde encontramos el Poder.

Podemos reír y llorar con esta exquisitez. Porque la prosa de Fulgencio no es prosa, es PURA mantequilla y mermelada derramadas por una tostada de pan de torta. Es una melodía hecha letra. Es un prosa lírica. ¡TAL CUAL! Es una escena de 20 hojas sin puntos, sin diálogos. Es tumbarte al sol recién salido del mar, mientras las gotas aún frías se deslizan por tu cuerpo.

Es un orgullo y un placer.

 

Lo es porque no es un libro cansino a pesar de su escritura, porque existe finura en su vocabulario y mucha sinceridad en sus palabras. No aparece el rencor o el odio, aún cuando se tratan temas escabrosos como son la muerte o la injusticia, la añoranza o el anhelo.

Fulgencio Argüelles ha sido una de las mejores cosas que me han pasado este 2017 (de momento, aún nos queda mucho año). Es ese rayo de luz. Asturiano, nacional, de nuestra bodega. Y pienso sinceramente que todos deberíamos deleitarnos con sus palabras, deberíamos dejarnos seducir por su escritura porque, señoras y señores, este es uno de los grandes autores que nuestro país ha tenido la gracia (y decencia) de ofrecernos. No dejemos que caiga en el olvido. Levantemos nuestras copas y brindemos por este fantastibuloso creador.

 

Canción sugerida: Sing de Travis.

 

Gifs sacados de Giphy.com

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